Perfecto dominio del oficio, la más exigente selección de materia prima y una redefinición muy personal de la más tradicional cocina cántabra son los firmes
argumentos en los que se sustenta el chef Álex Ortiz para conseguir que la Bodega del Riojano continúe siendo un referente gastronómico incuestionable de la capital cántabra, bajo la batuta del empresario hotelero Carlos Crespo.
Para adentrarse en este suculento universo nada mejor que empezar con un espectacular pastel de cabracho con salsa tártara, elaborado con cabracho de verdad y utilizando técnicas de repostería; su sabrosísima ensaladilla rusa, situada por derecho propio entre las mejores de España y realizada con patata, bonito, anchoa, zanahoria, rábano, pimiento rojo asado, huevas de trucha, guindilla y mayonesa, todo fresco y en su
perfecta medida; un tartar de bonito, aprovechando que todavía estamos en temporada; e incluso una tortilla de patata guisada con salsa de callos, chorizo y alioli, que resucita al más pintao.
Entre sus grandes clásicos, no puedes perder de vista platos míticos de Víctor Merino, su originario fundador, como los caracoles guisados a la riojana, los pimientos del piquillo rellenos de carne o el magnífico cachón guisado en su tinta. Entre las carnes, un steak tartar impecable así como el imponente chuletón de vaca Rubia gallega. Del mar, ojo a las pochas estofadas con calamar y al bacalao con salsa de tomate.
En plan goloso, una de sus grandes estrellas es el sobachón pasiego con leche merengada, confitura de ciruela, achicoria y almendra tostada, sin obviar el flan de huevo al caramelo o su cremoso de avellanas con bizcocho de chocolate.
El arte culinario también se transmite en su pictórico ambiente, de la mano del denominado ‘Museo redondo’. Una iniciativa que nació de la amistad de Víctor Merino con el galerista Manuel Arce y que comenzó cuando los artistas que exponían en la Galería Sur, toda una institución cultural en la capital cántabra, empezaron a acudir al restaurante a pintar, en directo, las tapas de las cubas de vino que cubrían sus paredes.
La tradición fue evolucionando y al fallecimiento de Merino en 1987 la colección ya contaba con unas 60 obras en formato redondo de importantes artistas, en su mayoría pinturas, de todo el planeta. El número de piezas ha crecido en los últimos años gracias al empuje de Crespo, quien ha añadido una veintena de fotografías en formato redondo y el trabajo de 36 artistas urbanos de distintas nacionalidades, comisariados por el siempre genial Okuda San Miguel.
Precio medio: 40€
