Menorca en su mejor momento

Publicado el 23/09/2013 por Elena Butragueno - Comentarios (0)

chiringuito frente al mar

Octubre es un mes ideal para hacer una ruta gastronómica por Menorca entre novedades y tradición.

Después de una larga sesión de aeropuerto y un verano trepidante, con la luna en cuarto menguante y el cielo cuajado de estrellas, llegué a Torralbenc. Una antigua alquería reconvertida en un hotel rural y gastronómico, que se distribuye por un conjunto de edificaciones tradicionales de piedra y cal. Típico por fuera y contemporáneo por dentro, es un lugar idílico para descansar y dedicarse a la buena vida a mitad de camino entre Ciudadela y Mahón.

El núcleo es un moderno restaurante tutelado por Paco Morales, una estrella Michelin, cuyo equipo elabora una cocina basada en los productos de la isla que renueva la tradición e incluye en su carta algunos de los platos más representativos de este joven chef, tan investigativos como saludables. En consecuencia, dormí a pierna suelta no sin antes escuchar el silencio del campo desde el porche de mi habitación y conseguir que el sumiller me concertara una cita para visitar el viñedo que produce el vino menorquín con el que había cenado.

Al día siguiente me fui en directo a la Finca Sa Marjaleta, cerca de Ciudadela, donde me esperaba Andreu Casasnovas (hijo). En un claro del bosque están sus viñedos, un enclave precioso y silvestre en una finca desde la que se puede descender por viejos caminos hasta Cala Turqueta, una de las múltiples calas que guarda Menorca en sus 216 kilómetros de costa, sin contar sus 16 islotes.

Entramos en la casa para una cata improvisada y familiar, visitamos la pequeña bodega que podríamos llamar de garaje y nos sentamos en torno a la mesa para degustar sus excelentes vinos con queso de Mahón, acompañados por su padre y su hermana. Entre los tres, de distintas profesiones, han creado y conducen este negocio familiar. La finca tiene 75 hectáreas cultivables, de las cuales la mitad se plantó en 2006 y  obtuvieron las primeras botellas en 2009. Con lentitud, sin prisas, en busca de la calidad y la diferencia, de momento hacen dos vinos, un tinto crianza de un año en barrica más 4 meses en botella y un blanco 100% viognier, que se llama Iamontanum haciendo una conexión histórica. Según reza su etiqueta, Ciudadela fue fundada por los púnicos con el nombre de Jamma y los romanos la llamaron Iammona. Ya entonces aquí se hacía vino aunque en el pasado reciente esa tradición se perdió, como en tantos otros lugares de España, y se está recuperando con brío.

Para muchos, estos emprendedores producen el mejor vino de la isla. “Estamos muy contentos de la calidad conseguida, pero falta mucho para lograr rendimiento. Todo lo que ganamos lo reinvertimos”, señala Andreu. Con entusiasmo y paciencia, su objetivo es pasar de las 4.000 botellas actuales a 12.000 dentro de dos o tres años. Entre los tres controlan todo el proceso, con tienda y distribución en Ciudadela (marjaleta@telefonica.net, vitisvinoteca@telefonica.net. Tel.: +34 971 385 737 – tardes) y parece que los hechos les deparan un buen futuro.

En estas, se ha hecho la hora de comer y aprovechando la cercanía entro en Ciudadela que siempre me recuerda al Gatopardo y me regalo una de las mejores calderetas de langosta de la zona, la que sirven en Ca’n Lluís (Tel.:+34 971 380 154), un restaurante clásico en el centro del casco histórico y cerca del mercado.

Rodeada de mar, Menorca es también una isla agrícola y ganadera, que lucha por mantener esta forma de vida contra viento y marea. Aún queda luz y tiempo para llegar al predio de Santa Catalina (www.quesosantacatalina.com), que en 2012 obtuvo el primer premio al mejor queso curado. En una cima, rodeada de profundos barrancos, se encuentra la casa de labor con una dependencia dedicada a la degustación y venta de sus productos artesanales, que más que una tienda parece un pequeño colmado. Atendida por Antonia, con su mandil, los estantes de madera rebosan de quesos, sobrasadas y otros embutidos tradicionales. En medio de un paisaje feraz, en torno a la casa el corral de las vacas desprende un olor nada apetitoso, mientras que los caballos de pura raza menorquina, negros y brillantes como el charol, componen una imagen de postal.

Con esa foto grabada en mi cerebro, guardo mis compras en el maletero y doy por clausurada mi exploración del día. Volviendo al mundo de hoy, me refugio en mi hotel con una piscina espléndida con vistas al mar, gimnasio technogym y cabinas de masajes. Y luego me voy con un grupo de viajeros a la Cova d’en Xoroi, una gran cueva que se asoma a pico sobre el Mediterráneo, el sitio más famoso para ver la puesta de sol, con copas premium y música comercial para bailar desde las 11,30 hasta la madrugada. Un local clave y superviviente que en 2014 cumplirá 50 años.

Después de despertar tarde y dulcemente, llego a Mahón, una ciudad que me encanta, culta y comercial, con el puerto natural más grande del Mediterráneo, y una impronta que dejaron los 70 años de dominación  inglesa en el siglo XVIII, su época de esplendor. A punto de cerrar, acudo al mercado de abastos donde venden gambas, langostas y pescados de la isla. Y tapeo por su casco histórico, primero en Ses Forquilles, un moderno espacio gastronómico con bar y restaurante (www.sesforquilles.com) y luego en Cristanal y Gradinata (Tel.: +34 971 363 316) un punto de encuentro imprescindible y famoso por sus “manolitos”, ambos muy animados y deliciosos.

A media tarde, cerca de Mahón, en el término de Sant Lluís, visito la bodega Binifadet (www.binifadet.com) que es el contrapunto perfecto de Sa Marjaleta, situada en el otro extremo de la isla. Con un concepto  marketiniano, Binifadet ofrece una experiencia enológica que empieza con un paseo a tu aire por los viñedos y termina con un picoteo saboreando sus vinos en su bar terraza.

Actualmente tienen 9 vinos diferentes entre blancos, tintos, rosados y espumosos. En total 60.000 botellas al año que se venden principalmente en Menorca y se exportan a diversos países. Como explica Luis Anglés, su gerente, su objetivo es hacer vinos fáciles y amables que gusten a todo el mundo: “lo que queremos es vender, no ganar concursos. Un vino es bueno si te apetece la segunda copa”.

Aquí el vino tiene una larga historia y, según Anglés, “en el siglo XVIII los marineros cobraban una parte de su salario en vino, el consumo era brutal. Sólo en esta zona se producía un millón y medio de litros. Luego se abandonó esta industria y ahora ha renacido con una producción muy parecida. Así como el 60% del queso de Mahón se vende en Mallorca, con el vino pasará lo mismo”.

A caballo entre el final del verano y la llegada del otoño Menorca es un paraíso pero a partir de noviembre el clima es poco apacible y muchos hoteles cierran. Sin embargo diciembre comporta una cita insólita para los melómanos, con la sesión de ópera del Teatro Principal de Mahón, un bombón isabelino y una experiencia inolvidable.

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