Algarve, marisco y surf

Publicado el 23/07/2013 por Elena Butragueno - Comentarios (0)

Percebes, riesgo y placer

En Sagres, ruta gastronómica entre playas silvestres, cocina tradicional, lonjas y percebeiros, los alpinistas del mar.

Al norte del cabo de San Vicente, se extiende un territorio vasto y agreste que incluye buena parte del Parque Natural del Sudoeste Alentejano y la Costa Vicentina. Un Algarve muy distinto respecto al más conocido y turístico del sur.

En ese ámbito, Sagres es una población histórica que se recorre en un paseo andando tranquilamente, de su puerto y su pequeña lonja llenos de color a su fortaleza en la punta de un cabo donde parece que se juntan dos mares, uno manso y otro bravío. Un contraste espectacular.

A un máximo de media hora en coche, desde aquí se irradia a decenas de playas increíbles. La vegetación de brezo y flores endémicas avanza por la estepa marina hasta el borde de los acantilados de pizarra. Al pie de estos farallones abismales, el océano deja arenales dorados y negros peñones que parecen esculturas que surgen del mar.

Entre esa diversidad de playas, Ponta Ruiva es un paraíso para los surfistas y una de las playas más codiciadas por los percebeiros que cogen este suculento marisco con un cuchillo pequeño, pegados a la roca como equilibristas y soportando los violentos embates de las olas. Me cuentan que, según la costumbre, a veces descienden a las playas más arriscadas colgados de una maroma kilométrica que acaba en un columpio de madera. Como no entiendo bien este sistema tradicional, subimos a Carrapateira para conocer su Museo do Mar e da Terra, donde encontramos una foto espectacular que habla por sí sola.

Nos acercamos a la playa de Bordeira, contemplamos con admiración el estuario del río y una gran duna y echamos un vistazo a O sitio do Rio, un restaurante sobre la arena que apunto en la agenda. Dejar cosas pendientes incita a volver.

Virando hacia el sur, en Vila do Bispo visitamos la iglesia matriz cuajada de azulejos antiguos, artesonados y retablos barrocos y su pequeño mercado donde pescadores y campesinos venden sus productos directamente. A unos pasos, el chef José Pinheiro, natural de esta villa, me aguarda en su restaurante slow food, A Eira do Mel, cobijado en una casa de pueblo mantenida con mucha gracia. Entro directamente en la cocina donde él y su ayudante Anabel, están haciendo una cataplana de pulpo, su plato estrella. Me enseña que con este artilugio típico, la cataplana de cobre por fuera y estaño por dentro, se cocina desde antaño a baja temperatura y aprendo como se guisa, mientras compartimos unas ostras de fábula.

En esto llega un grupo de amigos que han dedicado la mañana a hacer trekking por esta costa quebrada, con senderos imposibles y descensos de vértigo que han puesto a prueba su valor y su resistencia. Exhaustos, hambrientos y excitados por la aventura, compartimos mesa holandeses y belgas, portugueses y españoles ante un menú regio: huevos revueltos con filetes de anchoa de la conservera de Vila Real, la única que queda en pie de las cinco que hubo. La citada cataplana que es como para caerse de espaldas y un estofado de verduras para vegetarianos con curry y arroz que no se queda atrás. Vinos del Algarve, blanco y rosado de Barranco  Longo, una bodega nueva e investigativa y helado de queso de higo, postre típico de aquí.

Durante el banquete, se liga buena conversación con Nicolau da Costa que ha dirigido la expedición por playas y barrancos. Un trotamundos con cierto aire de “robinsón” asentado aquí y polifacético. Nicolau es percebeiro, guía profesional y buen cocinero, además coge, cultiva y vende los frutos del mar, la huerta y el bosque y tiene una empresa, atalaia-walking, especializada en organizar excursiones guiadas por la naturaleza.

En este territorio slow, me dio lugar a probar otros sitios recomendables, como Carlos, un mesón especializado en marisco y pescado y Vila Velha, un restó elegante ubicado en un chalé con auténtica cocina portuguesa, internacional y especialidades vegetarianas, ambos en Sagres.

También pude disfrutar del Memmo Baleeira, un design hotel, asentado en la roca, con vistas al puerto y la puesta de sol, con buena mesa y buena cama, piscina y spa, donde conviven chicos y grandes y gente cosmopolita de cualquier lugar. Y muchos pluses, su centro de surf, variedad de actividades del windsurf a los recorridos en barco o avistar delfines, y las claves para descubrir este territorio rural y marinero que guarda las esencias de Portugal.

En este Algarve la riqueza de la tierra y el mar es impresionante. Langosta, percebes, ostras, almejas, erizos, mejillones y los grandes pescados del Atlántico. Perdices y jabalí, alubias y boniatos. Así, al cabo volví a casa feliz, con mi maletero lleno de productos excelentes y asequibles para renovar mi nevera y mi despensa.

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